Hay derrotas que se van el lunes por la mañana.
Te levantas, tomas café, vuelves a ver un par de jugadas y decides que no vale la pena darle más espacio en la cabeza. Pero lo de Jacksonville no fue así. Jacksonville se quedó sentado en el sofá toda la semana. Se metió en las conversaciones, en los silencios, en esa mirada perdida al móvil cuando alguien menciona a los Patriots.
El 35-6 fue una resaca deportiva de las malas. De las que no se arreglan ni con agua, ni con promesas de “el próximo domingo será distinto”, ni con dejar de mirar las redes. Porque en redes el partido sigue vivo: cada intercepción, cada fumble, cada comentario con cara de funeral y cada broma sobre los Patriots vuelve a caer como una repetición que nadie pidió.
Pero aquí estamos otra vez.
Sábado por la noche en Madrid. Octubre ya se siente. La camiseta espera su turno, la semana se apaga y, aunque una parte de mí todavía tenga el marcador de Jacksonville clavado en la garganta, otra parte ya está viajando mentalmente a Buffalo.
Y eso es ser fanático, supongo. Una especie de locura organizada.
La resaca llamada Maye
No voy a fingir que Drake Maye no preocupa.
En tres semanas ha pasado de ser el tipo al que uno quería ver romperla todo el domingo, al quarterback al que uno le pide, casi en voz baja: “por favor, no regales el balón”. Seis intercepciones, siete pérdidas totales y una ofensiva que apenas suma dos touchdowns en tres partidos. Son números que no se pueden disfrazar con frases bonitas ni con recuerdos del año pasado.
Lo de Jacksonville fue especialmente cruel. Dos intercepciones, un fumble perdido y la imagen de Maye viendo el final desde la banda. Eso pesa. Pesa en el vestuario, pesa en la afición y pesa todavía más cuando el quarterback sabe que lleva en los hombros una franquicia que no está acostumbrada a vivir mucho tiempo en la mediocridad.
Pero aquí viene mi parte menos racional, la que no puedo explicar con estadísticas.
Yo sigo creyendo en él.
No porque hoy tenga todo resuelto, sino porque los quarterbacks de verdad no se definen sólo cuando todo está limpio. Se definen cuando el partido está torcido, cuando el estadio ruge en contra y cuando cada lanzamiento parece llevar escrito el nombre de la última intercepción. Buffalo no será un lugar amable, pero tal vez sea exactamente el sitio donde Maye deje de jugar contra sus errores y vuelva a jugar al fútbol americano.
Vrabel no se baja del barco
Mike Vrabel tampoco parece dispuesto a dramatizar como si el año estuviera perdido.
Su mensaje ha sido bastante claro: Maye es su quarterback, está en New England porque creen en él y la misión del cuerpo técnico es ayudarlo a recuperar la eficiencia. Vrabel ha hablado de que debe “aflojar el agarre”, dejar de intentar salvar cada jugada y confiar más en el sistema y en sus compañeros.
Esa frase me gusta. Porque resume perfectamente lo que estamos viendo.
Maye no necesita ser Brady. No necesita rescatar 20 años de historia, arreglar la línea ofensiva, reemplazar a A.J. Brown y derrotar a Buffalo él solo desde el primer snap. Necesita completar el pase fácil. Tirar el balón fuera cuando toca. Respirar. Entender que un drive de ocho yardas también puede ser un triunfo si evita una tercera y larga o una entrega de balón.
Y para los que buscábamos una explicación tranquilizadora, su hombro derecho no debería serla. Maye entrenó de forma plena durante la semana, quedó habilitado para jugar y Vrabel explicó que su presencia en el parte de lesiones respondía a transparencia, no a una limitación física.
Así que no hay escondites. Ni para él, ni para nosotros.
Buffalo no es terapia
El problema es que Buffalo no es el lugar al que uno va a curarse.
Los Bills llegan 3-0, Highmark Stadium estará ardiendo y enfrente estará Josh Allen, que no suele regalar domingos tranquilos a nadie. New England llega 1-2, fuera de casa y con demasiadas preguntas. Las casas de apuestas no lo ven precisamente como un viaje favorable.
Y como si fuera poco, la defensa viajará sin Christian Gonzalez ni Christian Barmore. Los dos están descartados. A.J. Brown continúa fuera por su lesión de tobillo.
Sin Gonzalez, toca mirar a Allen y pensar en todo lo que puede hacer si le das una salida. Sin Barmore, toca preguntarse de dónde llegará la presión interior. Y sin Brown, Maye vuelve a depender de que el resto de receptores haga algo más que simplemente estar disponible.
Es un panorama complicado. Tan complicado que, siendo sinceros, una parte de mí quiere pedir un partido ordenado, digno, sin errores absurdos. Pero la otra parte —la de la camiseta, la historia y la terquedad— quiere creer que se puede ganar.
Desde Madrid, sin promesas
Mañana no habrá promesas desde esta esquina de Madrid.
No voy a escribir que los Patriots van a salir de Buffalo con una victoria segura. Después de Jacksonville, sería vender humo. Pero sí sé que volveré a preparar el domingo como siempre: la camiseta lista, el móvil lejos cuando haya tercera oportunidad, la pantalla encendida antes de la hora y esa mezcla de esperanza y miedo que los Patriots han aprendido a provocarnos.
Somos 1-2. Hemos perdido fuera de casa. Estamos tocados. Y nos toca visitar al líder de la división.
Pero la temporada no se ha terminado. Ni siquiera hemos llegado a la mitad del otoño.
Y si esta resaca de Jacksonville va a servir para algo, que sea para recordar que la fe de un aficionado no aparece cuando todo funciona. La fe aparece ahora: cuando cuesta sentarse otra vez, cuando el rival parece superior y cuando aún no sabes si terminarás celebrando o mirando el techo en silencio.
Yo, por si acaso, ya tengo la camiseta preparada.
De resaca en resaca, pero con los Patriots hasta el final.






