La muerte de Jesús de Miguel exige respuestas. Pero una tragedia no puede convertirse, por sí sola, en una declaración de culpabilidad.
Opinión
Hay días en los que hablar de fútbol cuesta. La pelota, los puntos y la clasificación se vuelven pequeños. La muerte de Jesús de Miguel del C.D. Tenerife 2da división española nos ha dejado en uno de esos días. Detrás de su nombre hay una familia, unos compañeros, un equipo y una vida que tenía mucho por delante. No existe una frase capaz de arreglar semejante dolor, no hay como ocupar desde la banca del fútbol a este jugador.
Lo primero es el respeto. Después vienen las preguntas. Y hay que hacerlas, aunque incomoden, con guantes de seda entender lo que se vive es de suma importancia así se nos arrugue el corazón.
¿Qué ocurrió? ¿Qué responsabilidad puede existir? ¿Dónde termina una infracción deportiva y dónde comienza una conducta penalmente reprochable?
Lo que no deberíamos hacer es responder antes de que se esclarezcan los hechos. Investigar la actuación del portero del FC Andorra Jesús Owono no equivale a demostrar su culpabilidad. Tampoco defender sus garantías significa darle la espalda a la familia de quien ha muerto y además podría significar la manera en que se vea el fútbol en el futuro.

Una expulsión no puede convertirse automáticamente en una condena
No hace falta justificar la entrada para pedir prudencia. Podemos considerar una acción peligrosa, alevosa y merecedora de una tarjeta roja sin dar por resuelta su responsabilidad penal.
Tampoco basta con decir que no hubo intención de matar: el homicidio imprudente puede existir sin esa intención. La cuestión es determinar si hubo una imprudencia penalmente relevante, no únicamente una decisión equivocada dentro del partido, pero digerir todo esto nos lleva al desastre más grande del fútbol que podría estar por llegar, se quiera o no hay que decirlo dentro de tanto dolor el fútbol mismo sería el culpable.
Esa diferencia es fundamental.
El portero tiene que disputar el balón. El delantero también. Ninguno es dueño del espacio ni tiene permiso para poner en peligro al otro. Pero ambos deciden en movimiento, con poco tiempo para reaccionar. Ese contexto no lo disculpa todo; obliga a examinarlo todo.
No podemos o es muy difícil tan solo refugiarnos en el «son cosas del fútbol» para evitar una investigación. Pero tampoco podemos utilizar el desenlace como sustituto de las pruebas, es un toma y dame de realidades en contexto que pasan cada tarde de fútbol y ahora es un futbolista que ya no podrá estar con nosotros.
El recuerdo de Schumacher y Battiston
Es inevitable recordar el choque del estelar cancerbero histórico alemán; Harald Schumacher con Patrick Battiston en el Mundial de España de 1982. El francés inconsciente sobre el césped, las lesiones, los dientes perdidos y una imagen que quedó grabada en la memoria del fútbol.
Aquello no sirve para justificar lo ocurrido ahora. Ni permite tratar dos acciones distintas como si fueran el mismo caso ni el mismo tiempo. Sí recuerda que el debate entre el riesgo de competir y la obligación de proteger al rival viene de lejos.
El pasado ayuda a formular preguntas. No dicta sentencias.
Por eso tampoco sostendría que nunca puede haber un delito dentro de un campo. Una camiseta no concede inmunidad. Lo que defiendo es que una tragedia no demuestra, por sí sola, que lo haya habido, no puede haber un homicidio en un lugar tan especial como una cancha de fútbol, no me lo puedo creer así.
Pensemos también en el fútbol que viene
Hay otra imagen que me acompaña: un padre viendo a su hijo ponerse los guantes y caminar hacia una portería. Un niño que aprende a salir, a saltar y a decidir si debe ir a buscar un balón.
¿Qué sentiría ese padre si llegara a creer que cualquier error con una consecuencia desgraciada puede convertir a su hijo en un delincuente, sin distinguir suficientemente entre el riesgo del juego y una imprudencia penal?
No hablo de permitir agresiones. Hablo del miedo que podría instalarse si empezáramos a juzgar las acciones únicamente por su resultado y se marca un antes y un después con lo que podría ser dentro del fútbol una nueva ley llamada “Jesus de Miguel” como se acogen normalmente estos casos y ahí las penas y el nuevo fútbol.
Si Owono fuera declarado culpable porque las pruebas acreditaran un delito, habría que respetar esa resolución. Pero si la culpabilidad se construyera únicamente sobre el desenlace mortal, el mensaje podría cambiar profundamente la manera de entender el fútbol: jugadores temerosos de disputar, familias angustiadas y una frontera cada vez más confusa entre equivocarse compitiendo y delinquir y así ojalá mi hijo sea el mejor de la pista de Pádel y que no quiera ser Thibaut Courtois.
Una condena no acabaría automáticamente con este deporte. Lo decisivo sería su fundamento y el criterio que pudiera proyectar hacia el futuro.
Por eso, cuidado. Que se investigue lo necesario. Que la familia de Jesús de Miguel encuentre respuestas y aliento en estos momentos tristes. Que se determinen las responsabilidades que correspondan, sin excusas deportivas y sin condenas anticipadas.
No tenemos que elegir entre respetar a quien ha muerto y garantizar un juicio justo a quien sigue aquí.
El dolor merece compañía. La justicia ciega necesita pruebas. Y el fútbol del futuro merece que hoy no confundamos una cosa con la otra.
Imagen por El Confidencial





