El ruido de San Siro todavía estaba en el aire cuando empezaron a llegar los demás marcadores de la noche de Champions, pero nada sonaba tan fuerte como el golpe que dio el Bodo/Glimt en Italia. El pequeño club noruego, debutante en la élite europea, se permitió el lujo de tumbar al Inter en su propio estadio con un 1-2 que cerraba una eliminatoria impensable hace unos meses: 5-2 en el global y pase a octavos, primera vez que un equipo noruego supera una ronda de eliminatorias en la Copa de Europa moderna. En la grada, los tifosi del Inter miraban el marcador con Lautaro como parte del público y como si se tratara de un error del videomarcador; abajo, los jugadores de amarillo celebraban una noche que, para ellos, ya es leyenda.

En Madrid, horas antes, el Metropolitano había sido escenario de una historia mucho más reconocible, la de un Atlético que, cuando huele eliminatoria un Cholo Simeone reconstruido ganador que se transforma. El 4-1 a Brujas, con hat-trick de Sørloth y una sensación constante de dominio, certificó el 7-4 en el global y metió a los de Simeone en octavos con un fútbol más desatado de lo habitual, casi liberado, empujado por una afición que sabe que esta edición de la Champions tiene algo especial. Cada gol del noruego parecía una respuesta a los golpes que otros gigantes europeos estaban recibiendo en la misma noche; el Atleti, esta vez, no estaba en el lado de la sorpresa, sino en el de la afirmación.

Y, sin embargo, todas esas historias parecen prólogo cuando el calendario señala una fecha concreta: la noche del Bernabéu, Real Madrid–Benfica, con un 0-1 que el equipo blanco trae de Lisboa como una ventaja mínima pero psicológicamente enorme. Allí, en la ida, no solo se jugó al fútbol; también se abrió una herida que ahora condiciona la vuelta: la investigación de UEFA por presuntos insultos racistas de Gianluca Prestianni a Vinicius, que ha desembocado en una suspensión provisional que deja al joven argentino fuera de la cita en Chamartín y con una suerte de no existencia en la presunción de la inocencia, pero la justicia es ciega en todo punto pero justa.
La decisión, aclaró UEFA, no prejuzga el fallo final, pero sí cambia radicalmente el escenario deportivo del Benfica, que llega a Madrid sin su futbolista más desequilibrante en el uno contra uno y con su entrenador sancionado, obligado a dirigir desde la distancia una noche decisiva, mientras tanto el Benfica y sus procesos parecen ser encabezados como el puñetazo claro de Valverde que es desestimado por la UEFA.
La figura de Prestianni, paradójicamente, crece aún más en su ausencia; su nombre resuena en la previa no solo por lo que pasó, sino por lo que está por venir ya que su presencia en el estadio previamente deja una imagen de terror en los planes de los lisboetas. En Lisboa se vio a un jugador eléctrico, capaz de atacar los espacios y exigir ayudas constantes, y ese retrato alimenta ahora la curiosidad del madridismo, que observa esta sanción con una doble mirada: por un lado, la condena absoluta a cualquier comportamiento discriminatorio; por otro, la intuición de que representa el otro lado de la moneda ante una injusta decisión UEFA pero necesaria y aún es espera lo que está por suceder.
El Bernabéu, mientras tanto, se prepara como en las grandes noches: mosaicos, cánticos ensayados y un murmullo previo que mezcla nervios y confianza. El 0-1 de la ida obliga al Benfica a atacar, incluso sin Prestianni, lo que dibuja un guion muy reconocible para el Real Madrid en Europa: ceder tramos de iniciativa, castigar al espacio, dejar que el estadio marque el ritmo emocional del partido. La ausencia del argentino resta amenaza en los costados al conjunto lisboeta y condiciona sus mecanismos ofensivos, que deberán apoyarse más en el juego interior y en la pelota parada, mientras que en la banda contraria la figura de Vinicius aparece inevitablemente como centro de gravedad, futbolístico y simbólico y único si se confina la ausencia de Mbappé que es inminentemente el hombre gol del Madrid.
Sobre el césped, la espera pesa casi tanto como el partido. Para el Real Madrid, se trata de confirmar que el gol en Lisboa no fue un accidente, sino la primera piedra de otra eliminatoria de autor; para el Benfica, de demostrar que puede sobreponerse a la ausencia de su estrella y a un clima hostil, tanto en el marcador como en la grada. En los pasillos, se habla de tácticas, de ajustes, de cómo compensar la baja de Prestianni, pero en el fondo lo que domina es la sensación de estar en el umbral de una noche que puede definir narrativas: la del chico argentino que espera su tiempo en la Castellana, la del Madrid que quiere seguir escribiendo capítulos en su competición fetiche, y la de una Champions que, entre cuentos de hadas como el de Bodo/Glimt y noches brutales como la del Metropolitano, vuelve a recordar que aquí nada está escrito hasta que el árbitro pita el final.
Imágenes. AFP






